Da igual cuántas cosas creas que estás haciendo a la vez: tu cerebro solo puede hacer una a la vez, aunque tú sientas lo contrario.
Anoche puse un capítulo en Netflix mientras scrolleaba un rato en Instagram y respondía uno que otro WhatsApp cada cierto rato. Cuando terminó el capítulo, no me acordaba ni de qué se trataba, ni de los reels que vi o del último mensaje que mandé por WhatsApp.
Esto no pasa solo en la casa. Pasa en la pega, estudiando, cocinando con el teléfono al lado, o manejando mientras se responde un audio. Es, probablemente, la forma en la que la mayoría de la gente hace las cosas hoy.
Un mito instalado. Durante años hemos hablado del multitasking como si fuera una habilidad — algo que unas personas tienen más desarrollada que otras. La ciencia cognitiva lleva tiempo diciendo que esa idea parte de una base equivocada: el cerebro no hace dos cosas complejas al mismo tiempo. Lo que hace es alternar entre ellas muy rápido, y esa alternancia tiene un nombre técnico, task-switching, con un costo asociado.
Lo que pasa en realidad. Cada vez que cambiamos de una cosa a otra, el cerebro tiene que soltar el contexto de lo anterior y cargar el de lo nuevo. Da lo mismo si es pasar de una planilla a un mail, o de la serie al chat: hay un objetivo, una información y un hilo mental que hay que reconstruir. Ese proceso no es instantáneo. En cosas simples el costo es mínimo; en cosas que exigen memoria o concentración — leer, escribir, seguir una trama, tomar una decisión — el costo se acumula rápido.
El costo que no ves. Hay un concepto que explica por qué cuesta tanto retomar el hilo después de una interrupción: la atención residual. Lo describió la investigadora Sophie Leroy en 2009. Su hallazgo central fue que cuando dejamos algo a medias para hacer otra cosa, una parte de la atención se queda "enganchada" en lo anterior, incluso cuando ya estamos en lo nuevo. El resultado es que rendimos peor en lo que sigue, sin darnos cuenta.
Por qué de todos modos se siente bien. Si cambiar de una cosa a otra cuesta tanto, ¿por qué se siente tan satisfactorio? Porque cada cambio trae una pequeña dosis de novedad — un mensaje nuevo, una notificación, un scroll distinto — y el cerebro responde a eso de forma parecida a como responde a cualquier estímulo nuevo. La sensación de estar "haciendo algo" se confunde fácilmente con la sensación de estar avanzando, aunque sean cosas distintas.
Las excepciones. No todo cambio de tarea cuesta lo mismo. Cuando una de las dos cosas es automática — caminar, doblar ropa, comer sin prestar mucha atención — el cerebro puede combinarla con otra que sí exija atención real, porque no compiten por los mismos recursos. El problema aparece cuando ambas cosas exigen memoria, foco o decisiones: ahí no hay combinación posible, solo turnos que se sienten simultáneos sin serlo.
Ojo con esto. Lo que la evidencia deja claro es que el cerebro no hace dos cosas complejas a la vez, y que cada cambio tiene un costo medible. Lo que todavía es más difícil de establecer con exactitud es cuánto de ese costo depende de la persona, de qué tan entrenada tiene la cabeza para cambiar de foco, o del tipo de tarea — ahí la evidencia varía bastante según el estudio que se mire.
Fuentes | APA, Multitasking: Switching costs · Leroy, S. (2009), Organizational Behavior and Human Decision Processes
